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Sombras de amor

GramolIA · Pop

Nadie cree en el amor verdadero en la frontera del Viejo Kallis, y ni siquiera los Cazadores de almas, custodios de las puertas entre la vida y lo otro, se permiten el lujo de sentir. Al menos, eso era lo que se repetía Marielle Ursenne mientras cruzaba el estrecho sendero de los fresnos, el viento enredándole la capa y la escarcha afilada bajo sus pies. Atrás quedaba la aldea muda, a medio sumergir en la niebla púrpura del ocaso, y delante la espesura, donde el mundo de los vivos se volvía difuso. A esa hora, la frontera palpitaba, ansiosa por retumbar con ecos y promesas. Marielle entrenó la respiración, recitando las palabras antiguas —no para ahuyentar a los espíritus, sino para recordarse quién era en medio de los susurros. Los Cazadores no sienten temor; los Cazadores no miran atrás. Pero esa tarde, al fondo de la arboleda, un estremecimiento distinto punzó en su pecho, junto a la cicatriz vieja que nunca sanó. Se detuvo en el claro de los Nemeton, donde las raíces se entrelazaban formando un círculo de poder silvestre. La escarcha brillaba como si atrapara luz oculta entre ramas, y en el centro, de pie, envuelto en una capa de lobo gris, su adversario aguardaba. —Llegas pronto, Marielle —la voz era la brisa de una tormenta, ronca y callada—. ¿Sabes a quién llamarás esta noche? Marielle apretó la daga ceremonial, sintiendo la respuesta encaramada en la garganta. El hombre que la miraba tenía una belleza oprimente, oscura y casi exangüe, y los ojos de un gris demasiado claro para el mundo de los vivos. Lorian, el reclamador de almas; aquel a quien la Frontera había perdonado una vez, y solo una vez. —No elegimos a quién llevamos, Lorian. Solo escuchamos su eco. —No mientas tan bien, Marielle —sus ojos refulgían con algo a lo que temía dar nombre—. Las almas claman, sí, pero elegimos a quién amparar, y a quién retener. Ella tragó saliva, irritada de cuán cierto sonaba aquello. El deber la había llevado muchas veces a este mismo claro, y cada vez, Lorian estaba allí, expectante pero siempre fuera de su alcance, y sin embargo, innegablemente cerca. —¿Recuerdas cuándo fue la última vez que eligen salvar a alguien? —la provocó él, dando medio paso hacia la luz. El contorno de su mejilla parecía tallado por la melancolía misma—. Yo sí. Y sé a quién fue. El aire se tensó. Marielle odió ese juego, odió que la Frontera arrastrara no solo espíritus, sino también los secretos de los corazones. —No estamos aquí para eso —dijo, quebrando la distancia con un ademán firme—. Los umbrales se dilatan esta noche. Hay una sombra al otro lado, hambrienta. Mi deber es sellarla. Lorian sonrió, y su sonrisa era una herida. —¿Y si la sombra eres tú? La escarcha susurró bajo los pies de ambos. Marielle fue a replicar, pero la noche se quebró con un chillido: un alma desorientada, zarandeando los límites entre la existencia y el vacío. Instintivamente, ambos Cazadores se tensaron, canalizando el poder por sus palmas abiertas. De la niebla emergió una figura a medias, traslúcida y desgarradora. Era una anciana del pueblo, la abuela de Aldrin, a quien Marielle había visto coser bajo la luz de las tardes. Y ahora… temblorosa, desbordada de miedo y ansias. —Ayuda… —susurró el eco. Marielle extendió la mano, y Lorian, conjurado por el instinto, la sujetó. El contacto era tibio, la familiaridad de dos enemigos que han sido algo más, y la electricidad le recorrió la columna. —No dejes que se lleven mi nombre— gimió la anciana, y sus palabras fueron viento en los huesos. Pero no era solo el miedo de la frontera. Había otra oscura presencia, una sombra que se arrastraba tras ella, silbando entre árboles, reclamando su deuda. Marielle extrajo la daga, pero fue Lorian quien se adelantó, plantándose ante el espectro. Un fulgor brotó de su pecho, como si la noche le reconociera. Atraía la sombra, la absorbía, y por un momento, parecía a punto de rendirse a ella, de disolverse en la niebla junto a la vieja. —¡No! —Marielle le tomó del brazo, apartándolo—. No lo soportarías, y yo tampoco. Juntos, murmuraron la letanía, sellando la grieta, permitiendo que el eco de la anciana encontrara el camino a la paz. Marielle sintió el estremecimiento en sus tendones, la presión en sus costillas. Un suspiro, y la noche volvió a serenarse, al menos por ahora. Lorian la miró, exhausto. Por primera vez en mucho tiempo, el muro entre ambos vaciló. —¿Por qué insistes en salvarme, Marielle? —preguntó, apenas un susurro. La pregunta no era nueva, pero la respuesta emergía distinta cada ocasión. Marielle pensó en los atardeceres, en el tacto de la escarcha, en la soledad compartida de quienes caminan los senderos entre la vida y la muerte. Podía mentir, pero no esta vez. —Porque yo también estoy a oscuras —admitió, bajando la mirada—. Y tú eres la única luz que reconozco. Lorian no sonrió. No hizo ningún ademán dramático. Solo asintió, una sombra más suave bordeándole el gesto. —El amor aquí es como la niebla. Es real, pero sólo mientras lo respiras. Cuando amanece, se desvanece. —Pero cada noche vuelve— replicó ella. Lorian extendió la mano, y Marielle, sin dudarlo, la tomó de nuevo. El calor de su piel, el relámpago casi doloroso del contacto, eran más auténticos que cualquier promesa de la Frontera. Era arriesgado, impropio, incluso suicida para quienes tratan con la muerte. Pero por una vez, Marielle permitió que la esperanza la poseyera. El viento rugió otra vez, removiendo los robles y los recuerdos. Un segundo alma, esta vez un niño, apareció titubeante en los lindes, con un jirón de sombra abrazado a los tobillos. Los Cazadores se apartaron apenas lo necesario para rodearlo sin romper su lazo. —¿Estás listo para dejarte llevar? — murmuró Marielle, no solamente al niño, sino también, en parte, a sí misma. El niño asintió, valiente pese a la penumbra. El proceso fue delicado y devastador. Marielle compartió parte de su calor vital con el eco, La Frontera vibró. Apenas unos susurros, apenas un instante. Luego, paz. En el silencio absoluto que quedó, Lorian y Marielle sabían que la noche había terminado, pero algo había cambiado. El claro parecía menos ominoso, la escarcha más suave. —¿Hasta cuándo seguiremos fingiendo que somos sólo Cazadores?— preguntó Lorian, en voz apenas audible. Marielle se inclinó hacia él, apoyando la frente en su hombro. Sentía su respiración, sentía el mundo girando bajo ellos. —Hasta que uno de los dos se pierda— susurró—, o hasta que el alba nos roce y decida perdonarnos. Lorian rió, un sonido sin amargura. Le apartó un mechón de cabello y lo enrolló en su dedo. —Quizá… quizá este amor no tenga futuro— admitió, y los árboles temblaron con las palabras—. Pero es el único que tengo, y no pienso dejarlo escapar. —Yo tampoco— respondió ella. La Frontera, insaciable, buscaría siempre separarlos, tentar o herir. Pero Marielle comprendió, mientras sus labios rozaban los de Lorian bajo la atenta mirada de las raíces y la escarcha, que esa batalla valía todas las noches de niebla. Quizá mañana serían enemigos otra vez. Quizá la próxima alma sería una que ninguno podría salvar. Pero esta noche, los dos Cazadores se concedieron la gracia de amarse bajo las reglas de la penumbra. Y algunos dicen que, desde entonces, en la frontera de Viejo Kallis, la niebla es menos fría, y los ecos un poco más dulces. Porque, aunque raramente los Cazadores hablan de amor, hay quien jura que entre las raíces antiguas, aún pueden oírse susurros de esperanza. * * * A la mañana siguiente, Marielle regresó a la aldea, las manos aún ardiendo por la memoria de Lorian. Nadie le preguntó cómo había sido la noche. Así es la costumbre entre los suyos; los secretos se guardan, y los corazones laten donde nadie observa. Pero entre los Cazadores, cuando cruza a otros en los caminos, ve en los ojos ajenos el mismo anhelo, la misma pregunta: ¿quién osará querer donde reina la muerte? Ella, sonriente, lleva la respuesta envuelta en niebla, con la esperanza latiendo en el pecho. Porque en la frontera de los mundos sólo sobrevive el amor que no pide permiso. Y entre danzas de escarcha, raíces y susurros, Marielle y Lorian siguen desafiando a la propia noche.

CD 1

  • 1 Niebla en el Claro
  • 2 Lorian
  • 3 Letanía de los Cazadores
  • 4 El Eco y la Sombra
  • 5 Donde Nace la Luz
  • 6 Hasta el Alba