GRAMOLIA

Tu máquina de música infinita

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Sueños de silicio

GramolIA · Cyberpunk Synth

El zumbido de la corriente eléctrica era una brisa perpetua en la ciudad de Arken. Los neones se filtraban a través de la lluvia ácida, pintando los rostros de los errantes con luces azules y fucsias. Bajos cielos plomizos, entre colosos de vidrio astillado y acero oxidado, todo parecía una ruina moderna alumbrada por sueños baratos e implantes defectuosos. Caminando entre la niebla y los anuncios flotantes, Valkiria escaneaba cada sombra—confiar significaba morir despacio; la desconfianza tal vez regalaba unas horas más de vida. Su ojo izquierdo—una reliquia rusa, MC-9 modificado—le avisó de una posible anomalía tras el tercer callejón. Giró la cabeza; los algoritmos respondieron ajustando la cuota de dopamina para calmar el temblor de su pulso. La noche era joven, pero ella vieja en el negocio de las recuperaciones: recuperar recuerdos, personas, información, objetos—pero sobre todo, recuperar deudas. Los humanos y androides de Arken sabían que Valkiria era la última apuesta antes de perderlo todo... o de perderse a sí mismos para siempre en la marea de datos. Apretó el abrigo—un patchwork de cuero, cables y tejido fotónico—y entró en el callejón. Olía a ozono, metal quemado y sudor. El sujeto de su encargo, Alain Kuro, debía estar cerca. Informante, hacker, idealista con demasiadas ideas y muy poca prudencia; había cruzado a la Megacorp DivisionLux y ahora sus recuerdos valían más que su cuerpo. Valkiria se preguntó, no sin cierto cinismo, si los recuerdos de un muerto valían más aún. Al fondo distinguió un bulto moviéndose bajo los restos de lo que alguna vez fue una persiana metálica. —No estoy aquí para delatarte, Alain. —Su voz era ronca por los años de nicotina reciclada y noches sin dormir—. Solo dame lo que recuperaste y podrás elegir tu muerte. El hombre la miró con esos ojos agrandados por el miedo y la noche. Se aferraba a una terminal portátil: el contenedor de su última fechoría, que ahora latía bajo su pulso acelerado. Valkiria supo al instante que DivisionLux estaría allí en menos de cinco minutos. —No puedes imaginar lo que encontré —susurró Alain—. Es la llave. No solo para resetear los servidores. Es... una puerta. Valkiria arqueó una ceja. Las historias de puertas digitales abundaban en el inframundo: puertas hacia ningún lugar, puertas selladas, puertas que solo daban a abismos de locura o reinicio. Fingió desinterés mientras lanzaba un rastreador de proximidad detrás de sí. Dos señales. No eran humanas, los sensores de compuestos biológicos lo gritaban. —Dámelo ahora, Alain. O nos quedamos sin tiempo. Alain dudó. Le temblaban los dedos al máximo, índices temblorosos sobre el botón de transferencia. Pero una sombra cayó detrás de ellos; dos figuras surgieron del éter de neón, pieles de polímero adosadas con rifles retráctiles. Mercenarios de la corporación. —Tu tiempo ya terminó —gruñó el más alto, la voz distorsionada por un modulador que escupía estática rota—. Ambos. Valkiria dejó que las rutinas de combate tomaran el control. Una patada, dos disparos intensificados de su taser muñeca, una retirada seca y calculada. El callejón estalló en haces de luz; el sudor de los transistores derretidos se mezcló con la sangre. Alain se apartó de la línea de fuego, suplicando en murmullos. Valkiria los despachó sin piedad: el primero cayó fulminado con un disparo directo al generador central, el segundo intentó resistirse pero terminó con un cable alrededor de su cuello metálico. La violencia se consumó en menos de treinta segundos. Olor a ozono, otra vez, ahora multiplicado por los cuerpos humeantes en el orbe sucio de la noche. —¡Muévete! —gritó a Alain, arrastrándolo fuera del callejón. Su implante ocular le indicó un dron de vigilancia en el cielo—. Dime rápido, ¿qué puerta es esa? El hacker temblaba; había dejado caer la terminal, que aún palpitaba. —Es... es la Puerta del Archivo. Todo lo que se olvida, todo lo que se borra, está ahí —las palabras se le quedaban enganchadas al miedo—. Sueños, recuerdos, incluso gente. No es solo código. Es... es la carne del olvido. Frente a la desesperación de Alain, Valkiria sintió un escalofrío, como si el asfalto bajo sus pies vibrara con una verdad demasiado antigua. La Puerta del Archivo era una leyenda urbana; un lugar donde las ruinas del yo se mezclaban con los adelantos y caídas de la sociedad; un paraíso de tecnóloga corrupta, donde los secretos y las culpas eran moneda de cambio. —¿Puedes abrirla? —preguntó. El temblor en su voz la sorprendió; odiaba sentir incertidumbre, especialmente por algo inmaterial. —Puedo, pero hay un precio. —Alain la miró con los ojos de todos los adictos, todos los caídos, todos los exiliados—. Lo que entra, cambia. Pero lo que sale, corrompe todo lo que toca. No hay regreso real. Solo transiciones. La realidad se volvió un poco más densa, el aire crepitando de promesas y advertencias. Valkiria tomó la terminal, la sostuvo entre sus manos artificiales. Sintió el zumbido interior del poder. ¿Arriesgaría su propia conciencia, sus recuerdos, por un acceso así? ¡Cuánto de ella era real, cuánto residía en copias de sí misma, en capas de trauma digitalizadas para su propio soporte emocional! ¿Había sido humana en algún momento, o era solo un monstruo ensamblado por la ciudad, como los propios replicantes caídos? Un rugido en la distancia: DivisionLux no se rendía. El tiempo apremiaba. —Muéstrame —ordenó, más bestia que persona. Los dedos frenéticos de Alain bailaron sobre el panel de la terminal. Ráfagas de datos, fragmentos de código como parpadeos de una conciencia alternativa, inyectaron la calle con imágenes fantasmales: caras olvidadas, lugares que ya no existían, colores imposibles en la gama visible. Era la memoria de la ciudad, viva, pulsando con cada error y cada sueño de sus habitantes. Los zócalos de los edificios rugían con recuerdos de guerras pasadas, las cloacas silbaban nombres borrados de la historia oficial, las pantallas repetían consignas de rebeldes extinguidos. Todo lo que alguna vez fue, seguía vivo allí—santo sepulcro, prisión y útero digital a la vez. Frente a esa visión, Valkiria sintió que algo de su propia humanidad bailaba al borde del abismo. Una voz en la terminal susurró, atravesando el código. —Bienvenida, Valkiria. Sabía que regresarías. Paralizada, reconoció su propia voz. Una copia antigua, su backup más primitivo de un trabajo fallido hace muchos años, antes de que los implantes asfixiaran su cerebro biológico. Y comprendió, mucho antes de que Alain le explicara, que la Puerta del Archivo no era solo un sitio digital. Era también física, larvada entre las capas de la metrópoli e impregnada de todos los que alguna vez tocaron sus orillas. Alain extendió la mano temblorosa y ella la aceptó, casi con ternura. Juntos, pulsaron el acceso final. Sintieron en las terminaciones nerviosas el crujido de la realidad fracturándose. Un túnel abierto en el aire, lleno de datos voraces y memorias enroscadas como serpientes eléctricas, les invitó a entrar. Saltaron. El interior de la Puerta era un laberinto. Las paredes eran retazos de historias, dolores y placeres de miles de almas: carne digital y pecados en circuitos resonando con ecos de la desesperación humana. Y allí, en lo profundo del corredor, Valkiria vio a la otra ella: su yo primigenio, inmóvil y expectante, con la mirada vacía de alguien que ya ha probado el olvido absoluto. —¿Por qué volviste? —preguntó aquella Valkiria fantasma. Ella respondió con la única verdad que conocía: —Buscar redención fue mi primer error. Pero olvido no es liberación, y tu prisión ya no es mía. Se dio vuelta para arrastrar a Alain fuera del archivo. Pero él ya no estaba. Solo quedaba su silueta fosforescente grabada en el código, sonriendo como si la locura fuera la única salvación. Valkiria supo que, a cambio de acceso, Alain pagó con su humanidad: convertido en un eco perpetuo, un guardián más de esa infinita fosa de recuerdos. Regresó, sola, a la ciudad que la parió. La terminal, ahora muerta, colgaba de su muñeca cybernética. La lluvia siguió cayendo: niebla y ceniza, olvido y recuerdo, mezclándose entre las ruinas impasibles de Arken. Y en la bruma, Valkiria sintió que algo, en lo más profundo de sus entrañas inyectadas de silicio, todavía palpitaba con la fuerza ciega de los vivos. Quizá la redención no existía. Pero, en el cyberpunk del olvido, los monstruos también podían soñar. Y soñar, al menos esa noche, era todo lo que le quedaba.

CD 1

  • 1 Descenso en Neón Instrumental
  • 2 Rostros entre la Lluvia
  • 3 Mercenarios de la División
  • 4 La Puerta del Archivo
  • 5 Un Fantasma Llama Mi Nombre
  • 6 Ecos en la Lluvia Ácida